La Economía Naranja o el slogan para mercantilizar la cultura

2019-07-25 Leer en voz alta

Para ser globales tenemos que ser locales, lo que la Economía Naranja no ve. 

* Esta columna fue publicada originalmente en La Silla Vacía y fue realizada por Carolina Boterobcon el apoyo de Viviana Rangel de Fundación Karisma.

El Presidente Duque tiene una obsesión, la Economía Naranja. Duque cree firmemente que el principal sector que generará riqueza en nuestro país será la industria de la creatividad. El Plan Nacional de Desarrollo (PND) afirma que con ella aumentará el empleo y se incrementará el aporte de los bienes y servicios creativos hasta llegar al 6 por ciento del PIB del país.

Su apuesta por esta visión es tan grande que hizo cambios al Ministerio de Cultura para crear el viceministerio de la Creatividad y la Economía Naranja y poner allí a su gran amigo, Felipe Buitrago, con quien escribió el texto La Economía Naranja una oportunidad infinita.

La Economía Naranja se presenta llena de buenos propósitos, busca diversificar fuentes de ingresos para que el país no dependa de los recursos minerales y lo hace apostando por el talento y empoderando a las personas. Esta podría no ser una mala noticia. ¿A quién no le interesa que al país le vaya bien?, ¿cómo no alegrarnos que la cultura sea la protagonista?, ¿quién no celebraría que Colombia desarrolle mercado y de autonomía a sus creadores? 

El problema, sin embargo, es que para la mayoría de las personas la pregunta sigue siendo: ¿qué es la Economía Naranja?

¿Alguien sabe qué es la Economía Naranja?

Para el nuevo viceministro Buitrago, la Economía Naranja “es el conjunto de actividades que de manera encadenada permiten que las ideas se transformen en bienes y servicios culturales, cuyo valor está determinado por su contenido de propiedad intelectual. El universo naranja está compuesto por: i) la economía cultural y las industrias creativas, en cuya intersección se encuentran las industrias culturales convencionales; y ii) las áreas de soporte para la creatividad”.

Más que definiciones lo que se encuentran son descripciones de los elementos que la componen. Parece más un eslogan dentro de una estrategia de mercadeo para las lógicas del emprendimiento. Por eso, para muchos es sobre todo un mecanismo de mercantilización de la cultura que deja de lado un aspecto central a ella, el no rentable.

La percepción es que, aunque el portafolio de estímulos del Ministerio se mantiene, el presupuesto de sus áreas baja y lo que crece para el sector son facilidades para acceder a créditos -con Bancoldex o Findeter, por ejemplo- o para ingresar a extensos procesos de incubación donde las iniciativas se ajustan a modelos basados en la monetización. 

Esto puede ser novedoso en el sector cultural, pero en el de las tecnologías de la información y las comunicaciones (TIC) son viejas conocidas, evocan la burbuja del emprendimiento digital, la fiebre del desarrollo de aplicaciones móviles y las promesas, para muchos incumplidas, del “couching” y las “startups”. Es un discurso de emprendimiento que además hace énfasis en exportar y olvida intencionalmente el resto. 

Que no se lea mal, la cultura necesita todas las formas de financiación y desarrollo. Desarrollar y fortalecer mercados es importante. El emprendimiento es una opción que tiene beneficios y críticas, pero es una opción. Lo más complicado, en todo caso, es que el Gobierno Duque parece estar imponiendo esta visión en todo. 

Otro ejemplo, la implementación del eslogan de la Economía Naranja se distribuye en los territorios, privilegiando aliados lejanos al sector cultura. El programa bandera de Duque llega a los territorios a través del Sena, las comisiones de competitividad y las cámaras de comercio, entre otras instituciones. 

Nuevamente, si fuera un mecanismo de refuerzo se entendería, pero cuando se trata del eje de la política se ve una estrategia alejada de la sensibilidad del sector cultural o de quienes en el territorio trabajan las industrias creativas. Se acerca más a procesos de educación para el trabajo en el caso del Sena en lógicas vinculadas con el emprendimientos. 

¿Cómo y en dónde quedarán los procesos que no responden a estas lógicas? Me refiero a los procesos que no son mercantiles como las casas de cultura, las iniciativas de formación musical para niños, cientos de pequeños festivales, procesos de salvaguarda del patrimonio o las iniciativas de los pueblos indígenas, todas estas iniciativas que son ejemplos de un largo etcétera. Iniciativas que con articulación permiten construir territorio, exaltar saberes y orientar visiones de desarrollo territorial.

Esta política ha sido recibida con desconfianza por el sector al que impacta directamente. Ha habido quejas de falta de participación del gremio en su adopción. Ha tenido muchos obstáculos para lograr que las personas entiendan de qué se trata y sus implicaciones para el sector.

Los vacíos contrastados con las acciones muestran una política pública de la cultura que se ha inclinado por una visión mercantilista que se siente como una imposición. 

Economía Naranja y propiedad intelectual

La propiedad intelectual aparece nombrada en cualquier texto de Economía Naranja. Por ejemplo, se le define como que “[e]s una herramienta de desarrollo cultural, social y económico. Se diferencia de otras economías por el hecho de fundamentarse en la creación, producción y distribución de bienes y servicios, cuyo contenido de carácter cultural y creativo se puede proteger por los derechos de propiedad intelectual”. 

Desarrollada en plena era digital, la Economía Naranja rescata la estrecha relación entre tecnología, entornos creativos y propiedad intelectual. Y lo hace porque, efectivamente, las TIC han facilitado acciones como la copia, pero también han puesto a disposición las herramientas para crear, editar texto, imágenes, video o audio y las plataformas para distribuir los contenidos de manera ágil y sencilla. Por ende, es un elemento central la propiedad intelectual como regulación que se ocupa de la creatividad y la cultura, internet y la tecnología,.

Por todas partes, nos insisten en el nexo entre Economía Naranja y propiedad intelectual. Pero esta relación siempre es la de “protección de la propiedad intelectual”. Es decir, se concentra en una sola cara: la preservación de los derechos de los titulares, olvidando que la otra es la del interés público, la de una cultura y creatividad que puede ser usada y circular legalmente porque es la base de la libertad de expresión, del acceso al conocimiento, la salud, la ciencia, la educación, es necesaria para la creación.

El tema es que la cantidad y calidad de generación de contenidos en una sociedad está ligada a la posibilidad que tengan las personas de utilizar recursos existentes, criticarlos, modificarlos, transformarlos. En últimas, hay que reconocer que la creación se alimenta de más creación. Por eso, cuando hablamos de creatividad y de economía creativa, la aproximación a la propiedad intelectual debe garantizar un balance entre los derechos patrimoniales de los titulares y el de las personas al acceso al conocimiento y la cultura. 

De no hacerlo, se generan ecosistemas cerrados donde el mercado manda, como lo apuntó recientemente Sergio Cabrera cuando dijo “coartar la libertad de ver cine, es coartar la libertad de expresión”. La Economía Naranja se preocupa por la cadena de producción, pero no por el ecosistema que permite alimentarla. Si solo vemos Disney, ¿qué vamos a producir?

El patrimonio colectivo puede no generar un valor de intercambio monetario directo, pero es claro que tiene un valor económico, simbólico y cultural. Déjeme mencionar un par de ejemplos concretos que son las bibliotecas y las particularidades del acceso y creación para determinados grupos de personas.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de visitar la Biblioteca Pública de Seattle y me sorprendió cómo esta institución también se presenta como una inversión económica que le devuelve a la ciudad réditos económicos. La biblioteca que promociona y da acceso al conocimiento -a través de contenidos protegidos por derecho de autor- se presenta como un activo de la sociedad que genera valor en su vecindario, que mueve la economía. Como ven, este argumento no está lejos de lo que promueve la Economía Naranja, ni lo que el Gobierno incansablemente impulsa con este concepto. ¿Acaso no estaríamos ya en una economía que produce cerca del 6 por ciento del PIB si el Gobierno midiera el ecosistema de cultura y creatividad, en lugar de solamente la cadena productiva?

De otra parte, hablar del ecosistema es tan importante que debe ser una realidad para todas las personas. Por ejemplo, en las últimas décadas el país ha dado mayor visibilidad y reconocimiento a las personas con discapacidad. Este importante segmento de la población que se está activando como ciudadanía necesita formarse, integrarse en la vida social, cultural y democrática. Para lograrlo, sin duda, necesita acceder a contenidos.

El país está tramitando la ratificación del Tratado de Marrakech, el primer instrumento internacional de derecho de autor que no se concentra en los titulares, sino que crea un conjunto de flexibilidades legales en beneficio de personas con discapacidad visual o con otras dificultades para acceder al texto impreso para que puedan acceder a contenidos. ¿Se está pensando también en una Economía Naranja accesible? 

Entonces… 

A modo de cierre, no puedo olvidar que nuestra situación como país es parte de esta reflexión. “La Economía Naranja es un lujo del posconflicto, señor Presidente”, con esta sentencia cierra Sandra Borda la columna en que le reclama a Duque que, mientras en Colombia asesinaban a María del Pilar Hurtado, él hablaba en Cannes de publicidad, creatividad y … Economía Naranja. La política de cultura no puede reducirse a un eslogan para su mercantilización requiere más contexto y más cultura. 

Nota al margen. Para el cierre de esta columna se está estrenando el nuevo portal de la economía naranja con la noticia de la implementación de excepciones a la industria tecnológica. Aún siendo el foco el emprendimiento la lista de excepciones en lo digital se queda corta. No incluye la comercialización de copias de software o el servicio de alojamiento, desarrollo de páginas web, etcétera. 

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